Los retrofuturismos en la época de la decepción

“Nostalgia del futuro, como único lugar.” NOIA, 2016

Los retrofuturismos son un extraño ejercicio cultural, en el fondo: se trata de reimaginar futuros de un pasado ya extinto. Este ejercicio habría sido improbable en el siglo XVIII o en el siglo XIX por motivos obvios: los imaginarios de futuro, y la propia concepción del futuro como un nuevo espacio de utopías para construir se estaban gestando.

En cambio, desde que comenzamos esta era posmoderna, caracterizada por la decepción por algunos sueños utópicos rotos, la desconfianza en el propio género humano, y el deseo de destrozar los grandes relatos (Lyotard) que, por lo visto, se habían quedado obsoletos o inservibles, pues los futuros se veían con nuevos ojos.

Las visiones distópicas o la nostalgia han emergido a lo largo de las últimas décadas como parte del orden del día, y en tanto que se gestaba esta nueva estructura cultural y sistema (la posmodernidad), los retrofuturismos brotaron desde diversos ámbitos, regiones y disciplinas artísticas, como de manera bastante orgánica y espontánea.

 

¿Es nostalgia a secas?

Carteles promocionales de la NASA/KSC, ca. 2014
Carteles promocionales de la NASA/KSC, ca. 2014

Aquí partimos de la siguiente premisa acerca de la nostalgia en la era posmoderna: no todo lo que es retro es necesariamente nostálgico. Una de las peculiaridades de lo posmoderno es la autorreferencialidad o recursividad, es decir, construir su propia forma de ser, sus dinámicas, sentido y estructura en base a su propio trasfondo histórico.

Por eso se dice en muchas ocasiones que la posmodernidad no es tanto lo que viene después de la Modernidad, como si ésta ya hubiera acabado, sino que es una nueva reconfiguración de la Modernidad, o dicho de otro modo, es a lo que el pospunk respecto al punk.

Así pues, responder si los retrofuturismos son nostálgicos o no, con una simple respuesta, es inútil: depende de qué obra o narrativa retrofuturista estemos hablando. Esto lo aseguro tras años de haber papeado libros, películas, cómics y obras diversas.

Puede tratarse de un retrofuturismo que apela a la esperanza por el futuro que, de manera idealizada, atribuímos a la época de Verne o de Asimov (en contraste ala nuestra), o puede tratarse de un retrofuturismo que anhela un futuro inalcanzado, tal como si fuera una nostalgia tipo “Fernweh” -tener nostalgia de un lugar que nunca se ha visitado pero debido a lo que hemos visto, oído o leído nos da ganas de vivirlo.

O puede ser, en cambio, un ejercicio creativo mediante la figura del “What if” o “Qué hubiera pasado si” para reflexionar cómo hemos llegado aquí, porqué ciertos deseos y predicciones no se han completado, o qué  consecuencias habría tenido si el progreso hubiera tirado por otra senda (construyendo por defecto una ucronía o historia alternativa). O, algo bastante típico, una combinación y desviación de esto último hacia una forma nostálgica. Todo depende de la obra, pieza o cosa retrofuturista que analicemos y del objetivo y resultado que el creador tuvo.

Dicho de otro modo, los retrofuturismos acumulan muy diversas motivaciones, más allá de la decepción por los tiempos que corren. Que también.

 

¿A qué nos referimos entonces cuándo hablamos de retrofuturismos?

Es posible que muchos de los que llegan a este blog hayan visto en los últimos años el término asociado a corrientes específicas como el Steampunk hasta el punto de que éste ha fagocitado bastante la palabra. Pero aquí se entienden los retrofuturismos como un conjunto de corrientes que se inspiran, remezclan o deconstruyen visiones de futuro caducadas (paleofuturos), imaginario de alta tecnología de épocas pasadas y estéticas modernas bajo muy diversas finalidades.

Como verás, no nos referimos pues a los paleofuturos o ideales de futuro del pasado así a secas, eso es otra cosa.

 

Propuestas utópicas de futuro que se transmutan en no-lugares políticos

Si nos fijamos en las oleadas de estéticas retro, pastiche y nostálgicas de los últimos años, nos podemos fijar en que cada vez más se acerca hacia el propio presente (siendo la última moda los revivals de los primeros años del 2000, aka del rollo Y2K), cerrando así el círculo de autorreferencialidad al que como sociedades hemos entrado en juego.

Esto me lleva a pensar que en el fondo es otra muestra de que la idea de progreso la rematamos más y más (en algunos casos, sustituida por la idea de la aceleración) y en cierto modo estamos creando una sensación colectiva de suspensión en el tiempo multiforme, heterogéneo, capaz de ser representado por muy diversas estéticas y perspectivas que no son ya tan lineales, sino complejas como la naturaleza misma.

En cierto sentido, algunas obras retrofuturistas son más bien nostálgicas. Por ejemplo, todas aquellas Steampunk que buscaban encasillarse dentro de ese extraño cajón llamado “Mannerpunk“- pueden presentarse como algún tipo de posicionamiento político -vale, aquí ya digo, cualquier creencia, opinión o visión de cómo sería la manera ideal de organizar la sociedad, su economía y su cultura es, en el fondo, un posicionamiento político. Las utopías son claros posicionamientos políticos (F. Jameson, 2005).

Esto conduce a plantear dos cuestiones, cuando son nostálgicas: por un lado, que en un presente tan tecnocientífico, toda revisión pasticheada hasta el barroquismo de cacharros quizá no sea una idea tan futurista, sino una manera de crear metáforas nostálgicas sobre nuestro presente (vestirlo de victoriano, por ejemplo.

Por otro lado, y reforzando esta primera cuestión, pueden verse como escenario y excusa para rescatar ideas que se han obsoletado, que se han perdido en el tiempo justamente en un mundo supertecnologizado como es el nuestro (pero todo se desvanece rápidamente, todo parece efímero e incierto), gracias a que los retrofuturismos ayudan a crear paradójicamente escenarios atemporales: por ejemplo, volvemos al caso del Mannerpunk. O por este mismo motivo en muchas ocasiones se confunde fácilmente la obra de Neal Stephenson La Era del Diamante, como retrofuturista y Steampunk.

En cierto modo, podríamos entender los retrofuturismos, en una época donde la incertidumbre está al orden del día, y cuando no cumplan una función meramente nostálgica y recreativa, como un recurso creativo y político, y la resignificación de las idealizaciones puestas en un tiempo por ser construido, por llegar, a ser de nuevo no-lugares suspendidos en el tiempo, ucrónicos o anacrónicos, a los que se puede acudir para plantear nuevas preguntas.

Seguramente uno de los libros que presenté hace poco en este blog, la antología “Retrofuturo. Una Mirada a los años 70” podría ser un caso en este sentido.

 

Los retrofuturismos como recurso creativo y político

Así pues, podemos afirmar que en algunos casos los retrofuturismos pueden cubrir una perspectiva muy nostálgica, pastiches que remezclan imaginario futurista del pasado. Cuando esto sucede, además, puede apuntar a un hecho interesante: que el imaginario futurista del pasado acaba teniendo en ocasiones un peso emocional afín a cualquier otro referente del mismo pasado, en tanto que vivimos en una sociedad altamente tecnologizada y contínuamente referencial al progreso (aunque no creamos ya en él, es algo así como por costumbre o inercia cultural). Dicho de otro modo con ejemplos, en algunos contextos da lo mismo apelar a Regreso al Futuro que a Los Goonies.

Mientras, el propio retrofuturismo apunta a otra característica de las visiones de futuro del siglo XXI: el imaginario y las herramientas mainstream para generar nuevas visiones se han quedado obsoletas. Seguramente por la propia falta de expectativas y la incapacidad de imaginar nuevas líneas de cambio más osadas, factibles.

Estamos repitiendo una y otra, y otra vez las mismas ideas: coches voladores, ciudades altamente eficientes y tecnologizadas, colonización espacial, robótica… Así lo hemos repetido durante más de cien años, con pocos cambios, mientras los retos y las dinámicas han cambiado por completo (exceptuando con el caso del cambio climático).

Puede ocurrir en ocasiones que nos preguntemos dónde comienza y dónde acaban los retrofuturismos actualmente: ¿y si va y las Smart Cities que son retrofuturistas? ¿O el miedo a que los robots nos quiten el trabajo debido al anhelo de automatizarlo todo y mejorar la eficiencia? ¿Es Dubai la ciudad retrofuturista?

Así pues, los retrofuturismos, desde un punto de vista no-nostálgico, los propondría como una interesante herramienta de concienciación, de diagnóstico histórico y de deconstrucción creativa. ¿Qué opináis?