De futuro singular a futuros en plural: los conos

¡¡Si llegaste a este artículo para entender qué es y cómo funciona el cono de futuro, desplázate hacia abajo!!

Parte de la tesis de Futuros Quebrados radica en la transformación del concepto de futuro, dado a lo largo del último tercio de siglo XX, y que impacta de pleno en la crisis cultural que vivimos hoy en día respecto a nuestro futuro, y, de nuevo, sobre el concepto o idea “futuro”.

Si pensamos en el futuro desde una lente “pop”, podemos pensar que hablar de futuros es como el que habla de Star Trek o alguna que otra movida nerd carente de trascendencia social. Pero si observamos el papel que tiene el futuro en nuestra mente colectiva, de nuestros tiempos, por no decir “cosmología contemporánea”, hablar de que dicho concepto está cambiando implica que otros paradigmas e ideas clave de nuestros tiempos están cambiando desde lo profundo.

El futuro significa y ha venido significando aquel espacio donde se sitúan nuestras utopías modernas y que, al menos antes de los años 70, anhelabamos alcanzar: deseos y sueños de progreso social, tecnológico y cultural culminados gracias al empeño humano. Por tanto, está ligadísimo con lo que a algunos académicos de lo cultural y social gusta llamar el “subconsciente colectivo”. Vaya, que se enlaza con temas muy profundos y muy variados.

Sobra decir a estas alturas que desde los años 60 y 70 el futuro se veía, incrementalmente, sino escépticamente pues de manera nihilista (ese “No future” punk que para algunos entendidos y culturetas “caracterizó toda una generación”, claro). Pero en ámbitos como la empresa, los gobiernos o el diseño, el futuro no fue un tema desechado, todo lo contrario. Desde esos años, las metodologías de pronóstico y anticipación estratégica han evolucionado bastante, parejas a medianos avances teóricos en el asunto y pequeñas transformaciones filosóficas. Pero para otro día dejaré las historias de este campo.

Nos quedaremos por el momento que una de las transformaciones más importantes que el concepto futuro sufrió en las últimas décadas no es tanto la visión nihilista (de eso ya había en menor grado hasta en el siglo XIX). Fue la ruptura con la visión lineal de la Historia.

No hablo de las teorías “post-Historia”. Hablo de la concepción de que nuestra existencia se tendía en un único plano o línea temporal, concebida como “Historia”, y que desembocaba en nuestro presente, proyectándose hacia un más o menos desconocido futuro, un lugar al que todos íbamos de manera irrevocable, de la que no podíamos escapar. Esta idea estaba emparentada con una visión judeocristiana de la inescapabilidad de un destino ya escrito previamente.

Gráficamente sería como lo que “Doc” de “Regreso al Futuro” dibujaba: una línea tiesa sobre una pizarra con un puntaco “Usted está aquí” en medio. Pasado a la izquierda, futuro a la derecha, como el que lee una oración. La ruptura de la que hablo, en cambio, es un pelín parecida a lo que a continuación dibuja Doc: una ramificación para abajo desde el pasado, como una metáfora visual de lo que podía ocurrir si se cambiaba algo de la Historia, con consecuencias en el futuro. Vale, pues ahora imagínate que a la ecuación le quitamos el “Que pasaría si”… Suena complicado, pero para ello tenemos los conos de futuro.

Fuente original del cono perdida por Internet, una de las mil versiones

LOS CONOS DE FUTURO

Los conos de futuro son una representación gráfica y una herramienta de trabajo muy utilizada, hoy en día, en el campo de la anticipación estratégica, así como en el diseño especulativo y el desarrollo avanzado de productos. Como representación gráfica, con sus diversas variantes, se basa en que (y aquí está la gran transformación paradigmática de la que hablaba) no existe un único futuro, un destino pre-escrito al que nos dirigimos como especie y de la que algunos tienen un opaco y divino deber de llevarnos. El futuro es un campo con múltiples ramificaciones, y por eso se está dejando de hablar del futuro en singular, para hablar de elloS en plural.

Taxonomía de futuros puesta sobre un cono más sencillo, con este podemos comenzar a entrar en la interpretación de este cambio de paradigma.
Fuente: Raby & Dunne, 2013, a su vez, inspirado en el trabajo de Stuart Candy

 

En el ángulo del cono se sitúa el presente, y se proyecta, abriéndose, hacia el futuro (de nuevo, hacia la derecha, para entedernos). En este cono se representa toda una franja de futuros probables, otra de plausibles, otra de posibles, otra de deseables o preferibles.

  • Futuros probables: son aquellos en los que las tendencias y los cálculos estadísticos, así como las tendencias emergentes y macrotendencias apuntan a qué podría ser. Cuantitativamente (si es que se puede) son poquísimos. Dadas las condiciones económicas, la instalación de IAs en ámbitos del trabajo sería un futuro probable, por ejemplo
  • Plausibles: son futuros que por motivos sociales, políticos o económicos son menos probables de suceder, pero cuyo conocimiento ya lo tenemos como para poder aplicarlo y desarrollar así nuevas tecnologías, nuevas posibilidades políticas u organizaciones sociales. Por ejemplo, un futuro plausible (que va moviéndose a probable tímidamente) sería un cambio a modelos más colaborativos (a nivel de governanza), casi procomunes
  • Posibles: que no serían no-familiares de  que sucediesen, pero que para ser realizables necesitarían un cambio muy drástico o la obtención de conocimiento nuevo para desarrollarlos
  • Deseables o preferibles: son aquellos futuros que, tanto probables, posibles o plausibles, son deseados por algún colectivo, ya sea un gran grueso de la humanidad, ya sea una élite (es aquello de “utopía de unos, distopía de otros”). Esta franja es reveladora porque, aunque sea cualitativa, implica que mucho deseo y sobre todo energías pueden estar puestas en esta dirección
  • Improbables, alienígenas, “Dimensión desconocida”: esta es mi zona personalmente favorita, y es aquella que, dados nuestros conocimientos e imaginarios, nos son imposibles de visualizar e imaginar. Pueden ser materia por ejemplo de creación fantástica, de la ciencia-ficción más bizarra e innovadora, del diseño especulativo y crítico, del terror cósmico lovecraftiano, y sobre todo de la filosofía contemporánea

Existen una diversidad de propuestas. La que ahora presentaba está obsoleta porque, por ejemplo, disocia los futuros deseables del resto, y es bidimensional (todo sobre un plano, mientras que la realidad es más impredecible). Algunas propuestas sitúan el vértice desde un solo punto, entendiendo que el cono está visto desde el punto de vista de quien lo está trabajando (la diseñadora, el futurista, la empresa…). Otros optan por comenzar el cono desde un corte transversal, entendiendo que el futuro es algo colectivo, es la mirada de muchos.

Como me gustaría tratar esta herramienta más adelante, dejaré para otro momento las aplicaciones y metodologías en las que se emplean. Aquí la idea es, a través de esta representación actual (casi repetitiva y sobada en los mundillos de la anticipación profesional) explicar el tipo de cambio más importante que ha habido en las últimas décadas sobre el concepto “futuro”: no tenemos delante de nosotros un único camino al que tenemos el deber y la inevitabilidad de ir hacia su destino, sino que ante nosotros se presentan, con cierta incertidumbre, diversos caminos cuya efectibilidad depende de diversos factores, incluyendo la energía política, social y tecnológica que le pongamos colectivamente, así como factores exógenos que no tenemos mucha injerencia. Los futuros, para que se realicen en un presente, dependen de todas y todos.

 

ORÍGENES (o un poco más de explicación) MODO BREVE

Una de las primeras referencias que aparecen son atribuidas por un lado al futurista Joseph Voros (2001-2003), el cual lo ha ido trabajando sin parar desde entonces. En el mundo del diseño especulativo, Stuart Candy (asociado a diversas instituciones norteamericanas de primer orden en el mundillo de los labs y el diseño, como el Situation Lab) es otra de las referencias más aplicadas. Sin embargo, el primero tiene un fantástico artículo en el que explica sus orígenes, y las primeras representaciones gráficas de éste se remontan a los 90 (C. Taylor).

Básicamente, por resumir mucho, se fundamenta en dos transformaciones culturales importantes. La primera procede del mundo de la física teórica, vinculada al relativismo. Existe una representación teórica en el tiempo y el espacio del recorrido de la luz emanada de un evento cósmico, conoido como “diagrama del cono de luz”. El punto de vista del observador, otro de esos temas de los que la física y la filosofía siguen investigando contínuamente (si afecta la percepción en la observación, etcétera), situado en el presente, es el centro de los vértices del pasado y del futuro, punto de conexión. Parece remontarse a los años 60 (p.e. Relativity and Common Sense, de H. Bondi, 1964).

Cono de luz en “Relativity and Common Sense”. H. Bondi, 1964

La segunda transformación cultural de la que procede es la de la asunción de la incertidumbre, ante cualquier evento dado es incierto el resultado y las implicaciones. Dentro del campo de la ciencia y de la consultoría estratégica se ha hablado cada vez más y más de que vivimos en tiempos posnormales (Z. Sardar), dónde se condensan especialmente los “cisnes negros, las improbabilidades realizadas en el presente como de imprevisto, más que en otras épocas.

Procede incluso de la sencilla contemplación de que la Historia, en realidad, tuvo múltiples caminos (tecnológicos, sociales, etcétera) que fueron mutados, abandonados y otras posibilidades se convirtieron, en su época, en sus presentes. Por decirlo de otro modo lo más sencillo posible, hoy en día existen múltiples frentes abiertos, y es por ello que se abren diversas posibilidades. Quizá en esto tuvo que ver la frustración de ver ciertas utopías incompletas (la desilusión tras las revoluciones del 1968, la apatía tras la caída del muro de Berlin…), y del desarrollo del pensamiento sistémico o complejo en campos como la política o las ciencias sociales, de nuevo.

Resumiendo, los conos de futuros son una representación gráfica de nuestra concepción del devenir, así como una herramienta estupenda para captar que no vivimos en un escenario dado por unos elaboradores en la sombra, o una fuerza cósmica, sino que tenemos una posibilidad de alterar lo que podría ser en unos años.

 

Fuentes accesibles para rebuscar:

Preparando un primer “paper” sobre Futuros Quebrados

Actualmente, y en mi poco breve tiempo libre desde que estoy asalariada a tiempo completo y comenzando un máster, voy tratando de preparar un primer artículo de carácter académico, aprovechando que la revista HipoTesis lanzó una convocatoria o “Call for Papers” en torno a “Presentes futuribles, Futuros presentables” (aquí más información, el plazo finaliza el 1 de junio). No sé si podré llegar, pero el camino será la mar de interesante en tanto que voy a trabajar y “aterrizar” un poco ideas que tengo en el tintero, y casan bien con la parte de “futuros presentables”. Me servirá para avanzar de sopetón en la materia de futuros

Por otro lado, tengo el lujo de colaborar en junio en un taller de escenarios de futuro de Internet, pronto más información. ¡Compartiré reflexiones!

Los retrofuturismos en la época de la decepción

“Nostalgia del futuro, como único lugar.” NOIA, 2016

Los retrofuturismos son un extraño ejercicio cultural, en el fondo: se trata de reimaginar futuros de un pasado ya extinto. Este ejercicio habría sido improbable en el siglo XVIII o en el siglo XIX por motivos obvios: los imaginarios de futuro, y la propia concepción del futuro como un nuevo espacio de utopías para construir se estaban gestando.

En cambio, desde que comenzamos esta era posmoderna, caracterizada por la decepción por algunos sueños utópicos rotos, la desconfianza en el propio género humano, y el deseo de destrozar los grandes relatos (Lyotard) que, por lo visto, se habían quedado obsoletos o inservibles, pues los futuros se veían con nuevos ojos.

Las visiones distópicas o la nostalgia han emergido a lo largo de las últimas décadas como parte del orden del día, y en tanto que se gestaba esta nueva estructura cultural y sistema (la posmodernidad), los retrofuturismos brotaron desde diversos ámbitos, regiones y disciplinas artísticas, como de manera bastante orgánica y espontánea.

 

¿Es nostalgia a secas?

Carteles promocionales de la NASA/KSC, ca. 2014
Carteles promocionales de la NASA/KSC, ca. 2014

Aquí partimos de la siguiente premisa acerca de la nostalgia en la era posmoderna: no todo lo que es retro es necesariamente nostálgico. Una de las peculiaridades de lo posmoderno es la autorreferencialidad o recursividad, es decir, construir su propia forma de ser, sus dinámicas, sentido y estructura en base a su propio trasfondo histórico.

Por eso se dice en muchas ocasiones que la posmodernidad no es tanto lo que viene después de la Modernidad, como si ésta ya hubiera acabado, sino que es una nueva reconfiguración de la Modernidad, o dicho de otro modo, es a lo que el pospunk respecto al punk.

Así pues, responder si los retrofuturismos son nostálgicos o no, con una simple respuesta, es inútil: depende de qué obra o narrativa retrofuturista estemos hablando. Esto lo aseguro tras años de haber papeado libros, películas, cómics y obras diversas.

Puede tratarse de un retrofuturismo que apela a la esperanza por el futuro que, de manera idealizada, atribuímos a la época de Verne o de Asimov (en contraste ala nuestra), o puede tratarse de un retrofuturismo que anhela un futuro inalcanzado, tal como si fuera una nostalgia tipo “Fernweh” -tener nostalgia de un lugar que nunca se ha visitado pero debido a lo que hemos visto, oído o leído nos da ganas de vivirlo.

O puede ser, en cambio, un ejercicio creativo mediante la figura del “What if” o “Qué hubiera pasado si” para reflexionar cómo hemos llegado aquí, porqué ciertos deseos y predicciones no se han completado, o qué  consecuencias habría tenido si el progreso hubiera tirado por otra senda (construyendo por defecto una ucronía o historia alternativa). O, algo bastante típico, una combinación y desviación de esto último hacia una forma nostálgica. Todo depende de la obra, pieza o cosa retrofuturista que analicemos y del objetivo y resultado que el creador tuvo.

Dicho de otro modo, los retrofuturismos acumulan muy diversas motivaciones, más allá de la decepción por los tiempos que corren. Que también.

 

¿A qué nos referimos entonces cuándo hablamos de retrofuturismos?

Es posible que muchos de los que llegan a este blog hayan visto en los últimos años el término asociado a corrientes específicas como el Steampunk hasta el punto de que éste ha fagocitado bastante la palabra. Pero aquí se entienden los retrofuturismos como un conjunto de corrientes que se inspiran, remezclan o deconstruyen visiones de futuro caducadas (paleofuturos), imaginario de alta tecnología de épocas pasadas y estéticas modernas bajo muy diversas finalidades.

Como verás, no nos referimos pues a los paleofuturos o ideales de futuro del pasado así a secas, eso es otra cosa.

 

Propuestas utópicas de futuro que se transmutan en no-lugares políticos

Si nos fijamos en las oleadas de estéticas retro, pastiche y nostálgicas de los últimos años, nos podemos fijar en que cada vez más se acerca hacia el propio presente (siendo la última moda los revivals de los primeros años del 2000, aka del rollo Y2K), cerrando así el círculo de autorreferencialidad al que como sociedades hemos entrado en juego.

Esto me lleva a pensar que en el fondo es otra muestra de que la idea de progreso la rematamos más y más (en algunos casos, sustituida por la idea de la aceleración) y en cierto modo estamos creando una sensación colectiva de suspensión en el tiempo multiforme, heterogéneo, capaz de ser representado por muy diversas estéticas y perspectivas que no son ya tan lineales, sino complejas como la naturaleza misma.

En cierto sentido, algunas obras retrofuturistas son más bien nostálgicas. Por ejemplo, todas aquellas Steampunk que buscaban encasillarse dentro de ese extraño cajón llamado “Mannerpunk“- pueden presentarse como algún tipo de posicionamiento político -vale, aquí ya digo, cualquier creencia, opinión o visión de cómo sería la manera ideal de organizar la sociedad, su economía y su cultura es, en el fondo, un posicionamiento político. Las utopías son claros posicionamientos políticos (F. Jameson, 2005).

Esto conduce a plantear dos cuestiones, cuando son nostálgicas: por un lado, que en un presente tan tecnocientífico, toda revisión pasticheada hasta el barroquismo de cacharros quizá no sea una idea tan futurista, sino una manera de crear metáforas nostálgicas sobre nuestro presente (vestirlo de victoriano, por ejemplo.

Por otro lado, y reforzando esta primera cuestión, pueden verse como escenario y excusa para rescatar ideas que se han obsoletado, que se han perdido en el tiempo justamente en un mundo supertecnologizado como es el nuestro (pero todo se desvanece rápidamente, todo parece efímero e incierto), gracias a que los retrofuturismos ayudan a crear paradójicamente escenarios atemporales: por ejemplo, volvemos al caso del Mannerpunk. O por este mismo motivo en muchas ocasiones se confunde fácilmente la obra de Neal Stephenson La Era del Diamante, como retrofuturista y Steampunk.

En cierto modo, podríamos entender los retrofuturismos, en una época donde la incertidumbre está al orden del día, y cuando no cumplan una función meramente nostálgica y recreativa, como un recurso creativo y político, y la resignificación de las idealizaciones puestas en un tiempo por ser construido, por llegar, a ser de nuevo no-lugares suspendidos en el tiempo, ucrónicos o anacrónicos, a los que se puede acudir para plantear nuevas preguntas.

Seguramente uno de los libros que presenté hace poco en este blog, la antología “Retrofuturo. Una Mirada a los años 70” podría ser un caso en este sentido.

 

Los retrofuturismos como recurso creativo y político

Así pues, podemos afirmar que en algunos casos los retrofuturismos pueden cubrir una perspectiva muy nostálgica, pastiches que remezclan imaginario futurista del pasado. Cuando esto sucede, además, puede apuntar a un hecho interesante: que el imaginario futurista del pasado acaba teniendo en ocasiones un peso emocional afín a cualquier otro referente del mismo pasado, en tanto que vivimos en una sociedad altamente tecnologizada y contínuamente referencial al progreso (aunque no creamos ya en él, es algo así como por costumbre o inercia cultural). Dicho de otro modo con ejemplos, en algunos contextos da lo mismo apelar a Regreso al Futuro que a Los Goonies.

Mientras, el propio retrofuturismo apunta a otra característica de las visiones de futuro del siglo XXI: el imaginario y las herramientas mainstream para generar nuevas visiones se han quedado obsoletas. Seguramente por la propia falta de expectativas y la incapacidad de imaginar nuevas líneas de cambio más osadas, factibles.

Estamos repitiendo una y otra, y otra vez las mismas ideas: coches voladores, ciudades altamente eficientes y tecnologizadas, colonización espacial, robótica… Así lo hemos repetido durante más de cien años, con pocos cambios, mientras los retos y las dinámicas han cambiado por completo (exceptuando con el caso del cambio climático).

Puede ocurrir en ocasiones que nos preguntemos dónde comienza y dónde acaban los retrofuturismos actualmente: ¿y si va y las Smart Cities que son retrofuturistas? ¿O el miedo a que los robots nos quiten el trabajo debido al anhelo de automatizarlo todo y mejorar la eficiencia? ¿Es Dubai la ciudad retrofuturista?

Así pues, los retrofuturismos, desde un punto de vista no-nostálgico, los propondría como una interesante herramienta de concienciación, de diagnóstico histórico y de deconstrucción creativa. ¿Qué opináis?

La curiosa delgada línea entre la distopía y lo apocalíptico

Alguien alguna vez dijo que es mucho más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo. Ahora podemos revisar esta idea mientras somos testigos del intento de imaginar el capitalismo mediante imaginar el fin del mundo” Fredric Jameson, ‘Future City’, 2003

Post-apocalíptico (un mundo en el que el apocalipsis no ha acabado sino que ha progresado de un discreto punto de ruptura hacia una afección contínua -en términos Heideggerianos, del Ereignís al Ser- y con una iconografía contemporánea popular siendo Mad Max (1980s) de los pioneros” Florian Cramer ‘What is Post-digital?’, 2013

Es un (aparente) error común que en múltiples conversaciones, en los medios y en nuestro imaginario cultural se confundan e intercambien los términos “distópico” con “apocalíptico”, o post-apocalíptico en su defecto. En un principio podría parecer que se debe simplemente a una incomprensión generalizada (o ignorancia y postureo como otros prefieren llamar) de los significados de ambas palabras mientras a su vez, en la cultura popular (películas, videojuegos) ambos conceptos han sido explotados en las últimas décadas, y con especial asiduidad, al máximo, en los pasados 10 años.

Pero existen más motivos por los que esta confusión se repite una, y otra, y otra vez, incluso entre bastantes aficionados al género fantástico (o más tristemente, por editores y profesionales de la cultura que en un principio una espera que sepan usar bien las “etiquetas”, como a veces les llaman sin compasión ni escrúpulos).

Si lectora, ahora mismo te preguntas qué diferencias existen entre apocalíptico y distópico, voy a hacer un paréntesis para definirlos un poco.

Como cualquier persona más o menos occidental debe sonarle, apocalipsis se usaba durante mucho tiempo para describir un libro que forma parte del Nuevo Testamento cristiano, y un proceso del que trata el propio libro en el que el Juicio Final llegaba y, resumiendo mucho, el mundo se acababa con posibilidades o atisbos de posible reseteo hacia un nuevo ciclo más espiritual. Ya sabemos aquello de los Cuatro Jinetes, las trompetas, los sellos, los fuegos, un macrojuicio de almas…

Por extensión, apocalipsis se usa por entonces como expresión para describir cualquier tipo de proceso que implique pues exactamente eso, la destrucción del mundo. A lo largo del siglo XX la narrativa literaria y audiovisual se ha ido plagando exponencialmente de esas visiones futuristas: que si de tipo nuclear, que si del espacio exterior (asteroides, alienígenas, viruses), experimentos científicos idos de madre…

Posteriormente algunos creadores pensaron que podría ser buena idea explotar aquello del reseteo, esto es, se acaba el mundo, pero no del todo porque quedan algunos supervivientes. En ocasiones todo va de sobrevivir y re-crear la civilización en duras condiciones, mientras el propio mundo ha quedado bastante esterilizado e insalubre. En otras, solamente es un escenario para un protagonista normalmente tipo individualista,  en un mundo-estética que es como un  reflejo exagerado del “momento contemporáneo”.

Esto es lo que viene a ser “post-apocalíptico”, donde post- se utiliza en un sentido totalmente histórico, lo que va después de una hecatombe casi absoluta.

Y finalmente ahí tenemos las distopías, las cuales describen sociedades que no es que sean simplemente imperfectas, sino que implican que un oligopolio vive y manda a su gusto sin ética ni equidad a costa de una gran mayoría de población que vive en condiciones infrahumanas y anti-civilizatorias (desde un punto de vista occidental, nuestra tradición de qué es lo correcto democrátivamente). Condiciones que incluyen por ejemplo invasiones exacerbadas a la privacidad, censura radical a la expresión o cohibición del libre albedrío.

Es decir, las distopías no sólo son las representaciones opuestas de las utopías, ese género filosófico o social que arrancó, tal como lo conocemos, en el siglo XV, sino que además son un ejercicio creativo donde las peores prácticas humanas se imaginan en sus versiones más retorcidas y se exhiben con alguna finalidad más o menos política y didáctica. En el peor de los casos, simplemente es una aséptica estética que insufla tragedia de usar y tirar, algo que se ha estilado bastante en la cultura pop, guste o no que lo diga.

En cierto modo las utopías de algunos pueden ser las distopías de otros. Y si además nos da la sensación que nos vamos cada vez más a lo distópico, pues tememos por nuestra propia integridad.

 

Una delgada línea

Esa delgada línea de la que hablo no es sólo que existen obras, literarias o audiovisuales o del tipo que sean, donde ambas ideas (post/apocalíptico y distópico) se combinan, dando lugar por ejemplo a sociedades compuestas por los supervivientes de un mundo que quedó arrasado décadas atrás, que concluyen siendo desigualitarias y problemáticas, o a sociedades que por ser desequilibradas desembocan a su autodestrucción y el fin del propio entorno (por ejemplo, el planeta).

La delgada línea se enraíza en las condiciones y el zeitgeist o espíritu de nuestra época, que justamente insufla suficiente inspiración para que estos híbridos aparezcan, para que tengan suficiente aceptación hasta el punto de que difundimos estas narrativas una y otra, y otra vez. Porque sentimos ver reflejos, herramientas de aviso y algo de concienciación.

Un punto que se considera importante en el auge de las distopías en el imaginario colectivo (Jameson, Zizek, y más), así como de las obras apocalípticas, es el momento en el que justamente las últimas fuerzas para hacer del mundo un lugar mejor para todos parecían haber sido inútiles: justo después de las marchas y movidas del 1968, en 1969 EEUU plantaba su bandera en la Luna para marcar territorio y autoridad frente a la URSS.

Este proceso de, en cierto modo, pérdida de expectativas sobre futuros alternativos, más sostenibles, culminó con la caída de la Unión Soviética a finales de los 80 y principios de los 90. Ahí estuvo rápida Margaret Thatcher por entonces en encuñar como eslógan político su “There is No Alternative” (“No hay alternativa” al capitalismo, TINA para los amigos) y que fue puesto en boca de muchos otros políticos.

No es que todo el mundo fuera partidario de las prácticas de la URSS (que había quiénes lo estaban del comunismo como idea, claro), sino que el hecho de que el capitalismo, sobre todo con sus sombras que con el neoliberalismo se alargaban y retorcían más, fuera entonces el único modo imperante cultural, político y económico en el globo, pues como que desanimó globalmente a mucha gente ¿qué otras utopías quedaban ya por imaginarse, que fueran factibles?

Por todo esto es que las fuerzas o motivaciones que han impulsado el “éxito” tanto de las distopías como de lo escatológico (relativo al fin del mundo y de las cosas) son prácticamente las mismas. Y las hibridaciones entre ambos son orgánicas, fácilmente espontáneas.

En la cita de Jameson con la que abría al inicio, se sintetiza completamente la idea: hasta la actualidad, nos ha sido más fácil imaginarnos y desear el fin del mundo como promesa de reseteo del todo, que imaginarnos el fin del capitalismo con lo complejo que eso sería, lo improbable, costoso, y posiblemente proceso violento.

Es por ello que también nos hipnotizamos fácilmente con imágenes post-apocalípticas de ciudades invadidas por la naturaleza, culminando con tendencias como el “ruinporn“. Es por ello que hoy en día, en plena crisis sistémica y proceso de impasse, no confiamos en promesas de cambio, al menos no fácilmente.

Pero poco a poco hay señales de que se están haciendo ejercicios para imaginar nuevas sociedades y mundos posibles, aprovechando, justamente, que estamos en un impasse y aun se pueden mover bastantes fichas en el tablero. Algunos movimientos como en la llamada economía colaborativa (más allá de Airbnb ni Uber) están incentivando este cambio que podrá ir a más seguramente.

Introduciéndonos en la “futurología” del siglo XXI

En la actualidad, y en España como en otros muchos países, nos genera de todo menos indiferencia las proclamas del futuro que los grandes gurúes en tecnología y economía lanzan con bastante frecuencia. Ya sea que nos capturan la imaginación y la esperanza, ya sea que saca nuestros peores temores. Futurología es un término que igualmente está cargado tanto de cierto misticismo o misterio, así como de connotaciones negativas: se vincula o confunde con el ejercicio de los tiradores de cartas y los que practican las llamadas ciencias ocultas. Pero ¿en qué consiste esto de la futurología?

La futurología, que a partir de aquí dejaremos de llamarla así por motivos ya obvios, sino como “estudios de futuros” (porque tal cambio de nomenclatura lleva haciéndose desde hace unos años en EEUU y Reino Unido (Futures Studies))) es un campo profesional bastante más complejo, pero no requiere que sus profesionales tengan dotes psíquicas especiales, ni de una musa de la inspiración que les asista.

Uno de los grandes referentes de este campo, Richard Slaughter, por allá los noventa distinguía entre cuatro tipos de profundidad en el pensamiento futurista (o en el futures thinking, de manera análoga al “design thinking” o al “strategic thinking/pensamiento estratégico”).

Futurismo pop

Forward Woman Artificial Intelligence Robot
Forward Woman Artificial Intelligence Robot

Es el nivel más superficial de futures thinking, y es todo aquello que va desde el puro cuñadismo hasta el límite de cierta obviedad hacia dónde se dirigen las grandes tendencias, sobre todo tecnológicas (pues estamos en un momento muy tecnodeterminista, lo cual en el fondo es un enfoque vago). Cosas como que en el futuro estaremos aun más conectados, los bots y las IAs irán sustituyéndonos en tareas de trabajo o que veremos poco a poco más coches automatizados, es decir, que inundan los grandes medios y las redes sociales en forma de contenidos son formas de futurismo pop. Aunque de esto hablaré en un posterior artículo sobre las expresiones que a continuación utilizaré, estos futuros-pop suelen andar más en el ámbito de los futuros deseables (en muchas ocasiones para grandes corporaciones) y futuros plausibles, no necesariamente del todo probables.

 

Trabajo de futuros orientado a resolver problemas (Problem-oriented futures work)

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Es una versión un poco más trabajada respecto al anterior, pero es la que suele recaer en el mundo empresarial. Son metodologías que ante todo buscan ser ágiles (o simplemente rápidas) para dar respuesta al desarrollo de estrategias, nuevos productos o incluso nuevos modelos de negocio para empresas y grandes organizaciones. Suele estar enfocada a cómo estas organizaciones y la sociedad podría o debería actuar frente a futuros y cercanos eventos y fenómenos de diversos tipos (económicos, tecnológicos…).

Operan desde el estudio de las grandes tendencias que siguen impulsando cambios, y de las tendencias que están emergiendo y creciendo, estudiándolas, analizándolas y trazando posibles escenarios a corto y medio plazo. Es lo que en inglés, porque tienen palabras ya para estas cosas, se conoce como forecasting, así como desde la profesión del análisis de tendencias.

 

Estudios de futuros críticos

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Este es uno de los niveles más complejos de los estudios de futuros. Como indica su nombre, son críticos (entran en práctica métodos de ciencias sociales y humanas, más allá de los métodos que puedan venir del marketing o de las económicas) para indagar y entender cómo y porqué se generan ciertas tendencias, o las problemáticas actuales, y detectar asunciones no cuestionadas, para así ampliar el rango de comprensión y de perspectiva de hacia dónde viran esos cambios.

En los últimos años muchas empresas que ya tenían alguna familiaridad con la “futurología” están optando por este tipo de profundidad, en tanto que estamos aceptando una serie de cuestiones vinculadas a la incertidumbre del presente y del futuro.

 

Estudios de futuros epistemológicos

Este es el nivel más académico de los estudios de futuros, y son aquellos que cuestionan hasta la propia naturaleza del futuro desde diversos ángulos (la física, pero sobre todo la cultura y la sociología), el futuro desde la perspectiva histórica y el impacto de los deseos sociales en su rumbo. Este nivel aparentemente no es atractivo para las empresas, pero sí lo es tanto para los profesionales de este campo, así como para académicos e investigadores, e incluso diseñadores que trabajan con sistemas complejos. Es decir, para especialistas varios.

 

Scott Smith de Changeist, en cambio, reduce la distinción (Internet Age Media Weekend, 2016) a:

  • Future-technic: aquel que tiene una titulación universitaria o técnica en estudios de futuro/futurología, desde másteres hasta incluso PhDs, donde se enseña una metodología, una estructura de trabajo bastante transdisciplinar y compleja. Los sitios donde se ofrecen pueden estar contados con los dedos de las manos (en Malta y Finlandia hacen unos muy interesantes), y en España, por ejemplo, lo más parecido pero que no entraría en esta categoría serían los estudios en análisis de tendencias. En IED Barcelona, cada verano, hacen un MUY recomendable curso, liderado justamente por Scott Smith y su equipazo, en innovación y futuros. Su metodología es alucinante (no se nota nada que me fascina esta gente, disculpad este puntazo personal, pero si alguna lectora andaba buscando esta información, es todo lo que sé hasta ahora)
  • Future-practic: aquella persona que por su perfil profesional toca tangencialmente estudios de futuro, ya sea que trabajan en estrategia empresarial, diseño avanzado o innovación y practican algunas de las metodologías que se usan en los estudios de futuro, y ocasionalmente se enfocan a hacer algo de prospectiva
  • Future-phillics: gente que está simplemente interesada en el futuro, y/o se fascinan por lo que él llama “estéticas del futuro” -todo lo que huele a futurista-, y no distinguen necesariamente entre futuros propuestos por una marca vs un análisis en profundidad con sus implicaciones en el futuro. Suena quizá elitista, pero estamos hablando de niveles de profesionales. Esto sería como comparar entre sociólogos profesionales y titulados vs gente simplemente apasionada por los cambios en la sociedad
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Captura de pantalla del video de su conferencia en Internet Age Media Weekend 2016 (si clicas podrás verlo)

¿Qué hace una o un futurólogo?

Hecha esta introducción sobre los diferentes niveles de los estudios de futuro, relacionados con el nivel de profundidad del trabajo, uno se puede preguntar en qué consiste pues el trabajo de un “futurólogo” profesional. Y se debe decir que no todos los profesionales lo hacen a tiempo completo, por eso (compaginan con consultores, diseñadores…), pero en muchas ocasiones no suelen ser los famosos gurúes de la tecnología.

Lo que suelen hacer los gurúes de la tecnología es, por un lado, expresar lo que desde su intuición estratégica y su experiencia profesional observan y analizan. Por otro lado, no es casualidad que, estando ligados a una marca tecnológica, en estos futuros tan tecno-céntricos además alguno de sus productos suelan tener un papel importante para su desarrollo.

Y no es que vayan a desacertar, pero juega un papel muy importante la influencia psicológica que puede generar una personalidad internacional en estas mentes. Algo así como una fuerza cultural desde la autoridad.

Esto es como en la moda: si alguien de la talla de Karl Lagerfeld dice que para el verano de 2018 se llevarán los plásticos tornasolados aplicados en la ropa, muchos otros diseñadores responderán ante esta “alt-anticipación” creando diseños con plásticos tornasolados, y otros buscarán crear contratendencia para diferenciarse. Esto es lo que se conoce como profecía autocumplida.

 

¿En qué  consiste el trabajo de un futurista, investigador del futuro, o futurólogo profesional?

Startup Stock Photos
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Joseph Volos (2001) propuso un marco de trabajo que más o menos recogía el trabajo usual de estos profesionales. Algo así como para sistematizarlo y normalizarlo un poco más, porque en la realidad es un campo muy dado a la experimentación.

  1. Recogida Inputs, o escaneo del estado del arte. Es el momento en que se investiga de manera ligeramente superficial aquellas transformaciones, situaciones, problemáticas, sobre un entorno o espacio más o menos estratégico, vinculado con el objetivo del proyecto. Se aplican herramientas como el escaneo de tendencias, prácticas etnográficas. En la actualidad esto se hace de manera más abierta al caos -una larga historia para tratar en otra ocasión
  2. Trabajo de prospectiva. Recogidos los datos, se pasa a su análisis, su interpretación (conectar puntos, encontrar conexiones…), y prospección (se lanzan ejercicios como los quizá más conocidos “escenarios de futuro”).
  3. Outputs o conclusiones que se transmiten al cliente (la empresa, la institución que lo haya encargado) con cierto trabajo también de asesoramiento, consultoría y seguimiento
  4. Aplicación estratégica de los resultados

Hoy en día está en contínua evolución esta práctica y sigue acogiendo prácticas algo heterogéneas. Lo esencial es aquí entender que la visión de conjunto y de sistemas, u holística

Están cada vez más en boga métodos y miradas del diseño que ponen énfasis en la participación de otras personas vinculadas con los objetivos o el problema que se desea encontrar solución (lo que hoy conocemos como métodos de co-creación), por ejemplo, así como nuevas miradas críticas a la propia naturaleza del futuro. Que de eso trataré largo y tendido por aquí, en Futuros Quebrados

 

¿Cuáles son las premisas más importantes de los estudios de futuros, o futurología, en la actualidad?

Próximamente hablaremos del Cono de futuros
Próximamente hablaremos del Cono de futuros. Fuente concreta del gráfico desconocida…

Aunque en el imaginario popular queda la idea que el trabajo de un futurista, futurólogo o investigador del futuro es el de “adivinar” con la máxima precisión posible cómo será el futuro. Esto en parte tiene su sentido, pues deseamos como humanos obtener la mayor certidumbre de que estaremos seguros y que podremos anticiparnos a lo que vendrá.

Además, décadas atrás esta tarea podía estar enfocado hacia la predicción mediante metodologías ultra-estadísticas y matemáticas, mientras que hoy en día estas metodologías se consideran totalmente obsoletas (exceptuando en los entornos del Big Data, donde aquella creencia de que todo puede ser medible y calculable mediante lo numérico ha tenido su revival).

Esto se debe, sobre todo, a uno de los cambios de paradigma sobre el futuro más importantes a finales del siglo XX: el futuro no es un destino inevitable, ya escrito de antemano por alguna voluntad divina, sino que es una consecuencia de las acciones del presente, un producto que se construye a cada momento y sólo se puede prever una pequeña parte. Esto se debe, en gran parte, a la revisión y desencanto sobre los futuros obsoletos (paleofuturos) cuyas promesas no se vieron realizadas.

Las premisas más importantes desde las que se parte, hoy en día, suelen ser:

  • No existe UN futuro, sino diversas posibilidades y probabilidades: derivado de lo anterior, no existe un destino inevitbable sino que el futuro se entiende como un espacio que se va construyendo con nuestras acciones e inacciones, así como factores sobre los que tenemos apenas dominio. Además, no existirá como consecuencia un único futuro (exceptuando hasta que se haga presente), sino que ante nosotros tenemos diversas probabilidades y posibilidades. Por lo tanto, y por este motivo, ya no se habla de futuro en singular, sino de futuroS.
  • El futuro no está predeterminado (Voros, 2001, de Amara, 1981): en tanto que el propio funcionamiento del Universo, sus leyes, son indeterminados (no sabemos aun, a ciencia cierta, como funciona exactamente, en parte porque es muy complejo), lo mismo es aplicable a cuando ponemos la mirada sobre las sociedades humanas. Porque además de estar sometidas a las mismas leyes físicas y al entorno, tampoco es fácil describir el funcionamiento de la sociedad a la perfección. Por este motivo, es “infumable” tratar de predecir algo. Más aun en una época que es especialmente variable e incierta, el siglo XXI.
  • El futuro no es predecible (Voros, 2001, de Amara, 1981): se deriva en parte del punto anterior. Pero si fuera determinado ya todo el mundo, igualmente estaríamos hablando de muchísimas variables a tratar para predecir a la perfección el escenario futuro
  • Los resultados del futuro pueden ser influenciados por nuestras elecciones en el presente (Voros, 2001, de Amara, 1981): es un poco redundante repetir esto, pero esencialmente, esto implica que además los futuros no son espectáculos ni productos que debemos esperar como consumidores pasivos, sino que hasta con nuestra inacción, nuestras decisiones, nuestra inversión de esfuerzo o dinero, hacemos que algunas posibilidades puedan ser más probables

Cerrando…

Las profesiones vinculadas a los estudios de futuro y la evolución que en las últimas tres décadas ha visto, alejadas de los que podríamos llamar “futuristas pop”, pueden ayudarnos a reflexionar sobre el presente en el que vivimos y sobre todo, acerca de las grandes afirmaciones en nombre de grandes tecnólogos que confiamos en ellas de buenas a primeras.

Tú, yo y entre todos estamos creando el futuro.

 

Para leer más -todo en inglés, nada crítico y avanzado en español (si sabes de alguna web o libro en español que trate estos temas, coméntalo y lo revisaré encantada, muchas gracias de antemano!)

 

Presentación de la antología “Retrofuturo”

El pasado jueves 19 de enero se celebró en la mítica librería Gigamesh una presentación de la antología “Retrofuturo. Una mirada a los años 70”, coordinada por Guillem López, publicado por la editorial Cazador de Ratas, y con la presencia de relatos de pesos pesados de la ci-fi dura y género fantástico español como Jesús Cañadas, Marian Womack, Francisco Jota Pérez, Cristina Jurado, Colectivo Juan de Madre, Nieves Delgado, Alfredo Álamo, Tamara Romero, el mismo Guillem López, Sofía Rhei, Juanma Santiago y Layla Martínez.

Ya avanzo que por el momento no lo he leído (la lista de lecturas que tengo atrasada es épica, confieso) pero caerá seguro tarde o temprano porque le tengo unas ganas tremendísimas. Curiosamente, cuando anunciaron el lanzamiento de esta antología, Bruce Sterling también lanzó su -creo- primer libro en solitario exclusivamente retrofuturista (y no Steampunk) “Pirate Utopia“.

Dos obras que ya de por sí pintan muy críticas, justo en el mismo momento en el que los retrofuturismos, capitalizados hasta entonces por el popular Steampunk, parecían de capa caída y retorciéndose en sus últimos breves coletazos de auto-nostalgia.

Esta obra, que como digo, aun no he leído, presenta diversos relatos no sólo situados entre los años 70 y 80, sino además ubicados en España. Esa España del lolailo, de las Grecas y de la Transición de la democracia a un tipo de democracia alguna, o lo que sea actualmente. Es decir, un ejercicio necesario.

Asistí con mucha ilusión a la presentación, las expectativas eran altas en tanto que algunos de los autores me han dejado, personalmente, muy buen sabor de boca: el relato de la antología “Retrofuturismos” coordinado por Womack en ediciones Nevsky de Jesús Cañadas, situado en el anarquismo español del XIX fue brillante, la pluma de Sofía Rhei es especial, o la visión de Francisco Jota Pérez, por nombrar algunas expectativas que ya tenía.

A eso que estoy allí y me secuestran para presentar el tema en un accidentado freestyle. Gracias a Gigamesh que lo emiten y graban todo para la posteridad. Salieron ideas muy interesantes sobre el papel y utilidad cultural que pueden tener los retrofuturismos hoy en día respecto, entre otras cosas, el futuro, y que espero os dé el suficiente impulso para ir a vuestra librería actual y comprároslo (al principio, el vídeo no tiene buen sonido, al cabo de un rato se oye con normalidad). Mis expectativas son aun más grandes y me temo que no decepcionará

 

¿Qué es el futuro? ¿Qué es la Historia?

Bienvenido a este espacio. Llevaba tiempo con ganas de comenzar con este proyecto de una manera más pública, y a modo de introducción, creo que es interesante comenzar con un poco de fundamentos desde los que parto: (meta)historia y futuro.

¿A qué me refiero con (meta)historia respecto el futuro? Cuando hablamos del futuro, entendemos de manera “natural” que su antagonista es el pasado, por lo que puede chocar en un inicio, para algunos, hablar de “historia del futuro”, si el futuro aun está por suceder.

En este proyecto descubrirás que hago una ruptura con muchas asunciones. Una de ellas es entender el futuro como lo hemos hecho, generalmente siempre: el porvenir. Lo mismo la historia como sinónimo cristalino del pasado. Para comenzar, una de las cosas que debemos desterrar de nuestra cabeza es que la Historia no es sinónima del pasado. Te lo dice una historiadora. En serio.

La Historia es, resumiendo, el relato colectivo que hacemos de nuestro pasado y de los pilares y constitución, en el fondo, de nuestra sociedad, nuestro presente, y hasta del status quo. Seguramente has escuchado aquello de “la Historia la escriben los victoriosos”, o cualquiera de sus variantes (los reyes, etcétera). Por ello, los técnicos en Historia o historiadores en su vertiente más humanista, se dedican a escarbar en las historias del pasado, y en algunos casos a dar a conocer diferentes relatos que nos ayuden de manera a crítica a entendernos mejor; de manera ideal (en los peores casos ya digo que juegan de la mano del status quo, en España sabemos mucho de eso).

Otra forma de entender la Historia es compararla respecto otras ciencias sociales y humanas: mientras que la sociología y antropología se dedican, a muy grandes rasgos, a estudiar un grupo humano (una sociedad, una subcultura, un barrio…) en un lugar o ámbito dado, la Historia se dedica a hacerlo desde las coordenadas temporales: trata de explicar un grupo humano desde su pasado y su historia o historias colectivas.

En este caso verás que opero desde la metahistoria sobre el futuro. No vengo a hablar sobre cómo será el 2018, el 2025 o el año 3500 (no descarto que pudiera caer algún artículo al respecto).

Y es que el futuro es en sí una idea. Una idea que, por sorprendente que pueda sonar, tal como lo entendemos exactamente hoy en día, es un invento de hace pocos siglos. De esto hablaré en otro artículo con más detenimiento. Una de las pequeñas revoluciones contemporáneas del futuro es su imposibilidad de ser predecido.

Además, las visiones que del futuro planteamos en realidad son manifestaciones de deseos, anhelos o en su defecto temores que colectivamente manifestamos. Y al igual que con el pasado algunos “victoriosos” o “reyes” escribían su versión de la realidad y de los acontecimientos, algunas de las ideas que nos llegan sobre lo que debería estar por llegar (futuros automatizados, viajes en el espacio, la ciudad como lugar de progreso y aceleración) fue o es escrito en la mayoría de casos por algún tipo de élite.

El objetivo de este proyecto es, principalmente, entender cómo y porqué entendemos el futuro desde finales del siglo XX (años 70, esa época que emergieron nuevos ideales de futuro, la cultura posmoderna fue tomando forma, y los punks canturreaban sobre el No Future) y en plena era digital.

Es decir, trato de lo que hay detrás de esas visiones distópicas repletos de zombis que inundaron hace un par de años nuestras pantallas, de esos escenarios perfectos donde todos somos cyborgs felices y tocamos pantallas transparentes como nos presentan las corporaciones tecnológicas, o de esa extraña mutación llamada Steampunk, que se resume en una especie de nostalgia de futuro.

Mi planteamiento inicial es que estamos en una época faltos de imaginación por el futuro (esto también lo decía por ahí Fredric Jameson, posiblemente también Zizek), y más importante aun, que no sabemos por donde tomarnos como especie, en una época que ahora la llamamos “post-veracidad”, “postdigital” y “posmoderna”. Esto se expresa en visiones de apocalipsis, desesperación o reciclaje de ideas utópicas de hace incluso 100 años, con toques modernos y cool.

Si te ha picado la curiosidad el planteamiento, en la izquierda o por algún lado verás que hay un widget con un botón de WordPress para saber cuándo aparecen nuevas publicaciones automáticamente. ¡Gracias por acompañarme en este viaje al futuro!