De futuro singular a futuros en plural: los conos

¡¡Si llegaste a este artículo para entender qué es y cómo funciona el cono de futuro, desplázate hacia abajo!!

Parte de la tesis de Futuros Quebrados radica en la transformación del concepto de futuro, dado a lo largo del último tercio de siglo XX, y que impacta de pleno en la crisis cultural que vivimos hoy en día respecto a nuestro futuro, y, de nuevo, sobre el concepto o idea “futuro”.

Si pensamos en el futuro desde una lente “pop”, podemos pensar que hablar de futuros es como el que habla de Star Trek o alguna que otra movida nerd carente de trascendencia social. Pero si observamos el papel que tiene el futuro en nuestra mente colectiva, de nuestros tiempos, por no decir “cosmología contemporánea”, hablar de que dicho concepto está cambiando implica que otros paradigmas e ideas clave de nuestros tiempos están cambiando desde lo profundo.

El futuro significa y ha venido significando aquel espacio donde se sitúan nuestras utopías modernas y que, al menos antes de los años 70, anhelabamos alcanzar: deseos y sueños de progreso social, tecnológico y cultural culminados gracias al empeño humano. Por tanto, está ligadísimo con lo que a algunos académicos de lo cultural y social gusta llamar el “subconsciente colectivo”. Vaya, que se enlaza con temas muy profundos y muy variados.

Sobra decir a estas alturas que desde los años 60 y 70 el futuro se veía, incrementalmente, sino escépticamente pues de manera nihilista (ese “No future” punk que para algunos entendidos y culturetas “caracterizó toda una generación”, claro). Pero en ámbitos como la empresa, los gobiernos o el diseño, el futuro no fue un tema desechado, todo lo contrario. Desde esos años, las metodologías de pronóstico y anticipación estratégica han evolucionado bastante, parejas a medianos avances teóricos en el asunto y pequeñas transformaciones filosóficas. Pero para otro día dejaré las historias de este campo.

Nos quedaremos por el momento que una de las transformaciones más importantes que el concepto futuro sufrió en las últimas décadas no es tanto la visión nihilista (de eso ya había en menor grado hasta en el siglo XIX). Fue la ruptura con la visión lineal de la Historia.

No hablo de las teorías “post-Historia”. Hablo de la concepción de que nuestra existencia se tendía en un único plano o línea temporal, concebida como “Historia”, y que desembocaba en nuestro presente, proyectándose hacia un más o menos desconocido futuro, un lugar al que todos íbamos de manera irrevocable, de la que no podíamos escapar. Esta idea estaba emparentada con una visión judeocristiana de la inescapabilidad de un destino ya escrito previamente.

Gráficamente sería como lo que “Doc” de “Regreso al Futuro” dibujaba: una línea tiesa sobre una pizarra con un puntaco “Usted está aquí” en medio. Pasado a la izquierda, futuro a la derecha, como el que lee una oración. La ruptura de la que hablo, en cambio, es un pelín parecida a lo que a continuación dibuja Doc: una ramificación para abajo desde el pasado, como una metáfora visual de lo que podía ocurrir si se cambiaba algo de la Historia, con consecuencias en el futuro. Vale, pues ahora imagínate que a la ecuación le quitamos el “Que pasaría si”… Suena complicado, pero para ello tenemos los conos de futuro.

Fuente original del cono perdida por Internet, una de las mil versiones

LOS CONOS DE FUTURO

Los conos de futuro son una representación gráfica y una herramienta de trabajo muy utilizada, hoy en día, en el campo de la anticipación estratégica, así como en el diseño especulativo y el desarrollo avanzado de productos. Como representación gráfica, con sus diversas variantes, se basa en que (y aquí está la gran transformación paradigmática de la que hablaba) no existe un único futuro, un destino pre-escrito al que nos dirigimos como especie y de la que algunos tienen un opaco y divino deber de llevarnos. El futuro es un campo con múltiples ramificaciones, y por eso se está dejando de hablar del futuro en singular, para hablar de elloS en plural.

Taxonomía de futuros puesta sobre un cono más sencillo, con este podemos comenzar a entrar en la interpretación de este cambio de paradigma.
Fuente: Raby & Dunne, 2013, a su vez, inspirado en el trabajo de Stuart Candy

 

En el ángulo del cono se sitúa el presente, y se proyecta, abriéndose, hacia el futuro (de nuevo, hacia la derecha, para entedernos). En este cono se representa toda una franja de futuros probables, otra de plausibles, otra de posibles, otra de deseables o preferibles.

  • Futuros probables: son aquellos en los que las tendencias y los cálculos estadísticos, así como las tendencias emergentes y macrotendencias apuntan a qué podría ser. Cuantitativamente (si es que se puede) son poquísimos. Dadas las condiciones económicas, la instalación de IAs en ámbitos del trabajo sería un futuro probable, por ejemplo
  • Plausibles: son futuros que por motivos sociales, políticos o económicos son menos probables de suceder, pero cuyo conocimiento ya lo tenemos como para poder aplicarlo y desarrollar así nuevas tecnologías, nuevas posibilidades políticas u organizaciones sociales. Por ejemplo, un futuro plausible (que va moviéndose a probable tímidamente) sería un cambio a modelos más colaborativos (a nivel de governanza), casi procomunes
  • Posibles: que no serían no-familiares de  que sucediesen, pero que para ser realizables necesitarían un cambio muy drástico o la obtención de conocimiento nuevo para desarrollarlos
  • Deseables o preferibles: son aquellos futuros que, tanto probables, posibles o plausibles, son deseados por algún colectivo, ya sea un gran grueso de la humanidad, ya sea una élite (es aquello de “utopía de unos, distopía de otros”). Esta franja es reveladora porque, aunque sea cualitativa, implica que mucho deseo y sobre todo energías pueden estar puestas en esta dirección
  • Improbables, alienígenas, “Dimensión desconocida”: esta es mi zona personalmente favorita, y es aquella que, dados nuestros conocimientos e imaginarios, nos son imposibles de visualizar e imaginar. Pueden ser materia por ejemplo de creación fantástica, de la ciencia-ficción más bizarra e innovadora, del diseño especulativo y crítico, del terror cósmico lovecraftiano, y sobre todo de la filosofía contemporánea

Existen una diversidad de propuestas. La que ahora presentaba está obsoleta porque, por ejemplo, disocia los futuros deseables del resto, y es bidimensional (todo sobre un plano, mientras que la realidad es más impredecible). Algunas propuestas sitúan el vértice desde un solo punto, entendiendo que el cono está visto desde el punto de vista de quien lo está trabajando (la diseñadora, el futurista, la empresa…). Otros optan por comenzar el cono desde un corte transversal, entendiendo que el futuro es algo colectivo, es la mirada de muchos.

Como me gustaría tratar esta herramienta más adelante, dejaré para otro momento las aplicaciones y metodologías en las que se emplean. Aquí la idea es, a través de esta representación actual (casi repetitiva y sobada en los mundillos de la anticipación profesional) explicar el tipo de cambio más importante que ha habido en las últimas décadas sobre el concepto “futuro”: no tenemos delante de nosotros un único camino al que tenemos el deber y la inevitabilidad de ir hacia su destino, sino que ante nosotros se presentan, con cierta incertidumbre, diversos caminos cuya efectibilidad depende de diversos factores, incluyendo la energía política, social y tecnológica que le pongamos colectivamente, así como factores exógenos que no tenemos mucha injerencia. Los futuros, para que se realicen en un presente, dependen de todas y todos.

 

ORÍGENES (o un poco más de explicación) MODO BREVE

Una de las primeras referencias que aparecen son atribuidas por un lado al futurista Joseph Voros (2001-2003), el cual lo ha ido trabajando sin parar desde entonces. En el mundo del diseño especulativo, Stuart Candy (asociado a diversas instituciones norteamericanas de primer orden en el mundillo de los labs y el diseño, como el Situation Lab) es otra de las referencias más aplicadas. Sin embargo, el primero tiene un fantástico artículo en el que explica sus orígenes, y las primeras representaciones gráficas de éste se remontan a los 90 (C. Taylor).

Básicamente, por resumir mucho, se fundamenta en dos transformaciones culturales importantes. La primera procede del mundo de la física teórica, vinculada al relativismo. Existe una representación teórica en el tiempo y el espacio del recorrido de la luz emanada de un evento cósmico, conoido como “diagrama del cono de luz”. El punto de vista del observador, otro de esos temas de los que la física y la filosofía siguen investigando contínuamente (si afecta la percepción en la observación, etcétera), situado en el presente, es el centro de los vértices del pasado y del futuro, punto de conexión. Parece remontarse a los años 60 (p.e. Relativity and Common Sense, de H. Bondi, 1964).

Cono de luz en “Relativity and Common Sense”. H. Bondi, 1964

La segunda transformación cultural de la que procede es la de la asunción de la incertidumbre, ante cualquier evento dado es incierto el resultado y las implicaciones. Dentro del campo de la ciencia y de la consultoría estratégica se ha hablado cada vez más y más de que vivimos en tiempos posnormales (Z. Sardar), dónde se condensan especialmente los “cisnes negros, las improbabilidades realizadas en el presente como de imprevisto, más que en otras épocas.

Procede incluso de la sencilla contemplación de que la Historia, en realidad, tuvo múltiples caminos (tecnológicos, sociales, etcétera) que fueron mutados, abandonados y otras posibilidades se convirtieron, en su época, en sus presentes. Por decirlo de otro modo lo más sencillo posible, hoy en día existen múltiples frentes abiertos, y es por ello que se abren diversas posibilidades. Quizá en esto tuvo que ver la frustración de ver ciertas utopías incompletas (la desilusión tras las revoluciones del 1968, la apatía tras la caída del muro de Berlin…), y del desarrollo del pensamiento sistémico o complejo en campos como la política o las ciencias sociales, de nuevo.

Resumiendo, los conos de futuros son una representación gráfica de nuestra concepción del devenir, así como una herramienta estupenda para captar que no vivimos en un escenario dado por unos elaboradores en la sombra, o una fuerza cósmica, sino que tenemos una posibilidad de alterar lo que podría ser en unos años.

 

Fuentes accesibles para rebuscar:

Y2K: utopías para el cambio de milenio

2000 fue una cifra que para nuestros tatarabuelos guardaba una gran promesa. Significaba el cambio de siglo y el cambio de milenio*. Durante el segundo milenio (del 1000 hasta al menos el 1900) los europeos habíamos pasado de la Edad feudal al Renacimiento y la colonización del nuevo continente, y de ahí, según los intelectuales, hasta las revoluciones modernas de la ciencia, la sociedad, la política y la industrialización.

El progreso en su máxima potencia. Por eso no es de extrañar que una cifra tan pura (repleta de ceros) significara desde el siglo XIX el futuro (para entender esta última frase, recomiendo la lectura del artículo: Cuando inventamos el futuro).

Una de las ilustraciones de Jean-Marc Côtet de finales del XIX: así imaginaba el año 2000 la sociedad francesa
Una de las ilustraciones de Jean-Marc Côtet de finales del XIX: así imaginaba el año 2000 la sociedad francesa

El 2000 siempre fue sinónimo del futuro.

En la pasada década de los 90 se olía en el aire una emoción compartida de que ese hito especial estaba a la vuelta de la esquina. Una superstición colectiva de que lo dosmilero aportaría mágicamente un salto para la Humanidad, justo cuando las nuevas tecnologías TIC e Internet permitían hacer cosas hasta entonces inimaginables, tales como comunicarse casi a tiempo real con personas de todo el mundo o jugar dentro de mundos virtuales.

Esto se manifestó a través de la estética de una manera especial.

Frecuentemente cuando se trata de definir el tipo de visiones de futuro a finales del siglo XX y XXI la respuesta facilonga es que todo era distópico: los 90 vieron blockbusters como Waterworld (1995) o The Postman (1997) en las que la humanidad sobrevivía tras un apocalipsis nuclear, culminando el siglo con The Matrix (1999), máxima distopía postapocalítpica cibernética. Los 90 es también la década del cyberpunk y el surgimiento, para algunos, del post-cyberpunk.

Más aun, no sólo el cine de ciencia-ficción se plagó del género post-apocalíptico. Películas como El fin de los días (1999), protagonizada por un personaje “Schwarzenegger”, tiraban de ese halo del milenarismo tan sobado en los medios de entonces: el 2000 como una de las fechas del Juicio Final.

La realidad es que paralelamente corrían unas esperanzas muy utópicas por entonces, muy marcadas por las promesas que albergaban las nuevas tecnologías como Internet y en parte la Realidad Virtual. Podríamos decir que sería la contratendencia a Matrix: en el XXI estaríamos conectados a máquinas y tendríamos la posibilidad de construir mundos a nuestro antojo, y eso lo iba a molar todo.

Estos anhelos estuvieron muy extendidos en la cultura popular y en la moda de influencia estadounidense. Uno de los iconos secretos a nivel temático y estético podría ser la serie ReBoot (1994-2001).

Se dice es la primera serie de animación 3D creada por completo por ordenador, un proyecto ambicioso para los recursos que había en la época (en comparación con los de hoy en día), que sitúa todo su universo en el mundo cibernético.

Podría decirse que en sí no tenía un argumento muy original: recuerda exageradamente a la propuesta de Tron (1982), en tanto que especulaba con la “vida” dentro de una computadora. Pero aun así, en ReBoot las tramas e historias, así como la estética son más enriquecidas con las nuevas visiones y expectativas de entonces.

Quizá la peculiaridad más interesante de esta serie es que el imaginario de lo cibernético, de los 80 a los 90, había cambiado por completo, al mismo ritmo probablemente que la adopción de los PCs en ámbitos domésticos y laborales, así como de Internet y en la cultura del consumo masificado.

 

Y2K es el nombre con el que actualmente se define las estéticas de este período 1995-2004 aproximadamente. Se caracterizó por:

  • El ensalzamiento de lo artificial y lo relacionado con los robots y las máquinas futuristas, en la moda y el diseño esto por ejemplo se traducía en forma de plástico transparente, materiales translúcidos, telas metalizadas y texturizadas, diseños minimalistas con líneas redondeadas a lo Apple, blancos nucleares Neutrex lejía;
  • El imaginario cibernético (por entonces el término digital no se estilaba tanto como lo ciber) y la mainstreamización de las ciberutopías;
  • Mucho optimismo; no vomitabas arco iris, sino corazones 3D poligonales,
  • Celebración de la “Aldea Global” a lo McLuhan con toques étnicos o tribales
  • Sonidos muy electrónicos y tecno o incluso industriales, repetitivos, en la música,
  • Imaginería cyborg y alien,
  • Mucha influencia de la cultura Rave;
  • Ciberdelia a tope (la creencia de que mediante las nuevas tecnologías se podía alcanzar nuevos estados de conciencia)
  • La velocidad y la aceleración a lo Run, Lola Run (1998) con efectos de desenfoque, delay, fragmentación…
  • Toques retrofuturistas con influencias años 60 y 70
  • Abuso de gráficos generados por ordenador y  surrealismo cibernético

Y2K es el término con el que se conoce en inglés también lo que aquí llamábamos el “efecto 2000”, aquello que se decía que el cambio de milenio iba a dar fallos en las máquinas y computadoras porque les costaría interpretar el cambio de fecha (y que luego por lo visto no fue tan apocalíptico como en los noticiarios lo retrataban).

Existe un Tumblr muy interesante llamado “Institute for Y2K Aesthetics” que recoge una cantidad ingente de imágenes y referencias en la música, diseño, moda y cultura popular, que van desde la “life in plastic is fantastic” de Aqua, hasta la primera Apple Store abierta en 2001 y los diseños de los iMac G3, pasando por recortes de revistas para adolescentes con vestidos “prom” plateados y peinados marcados con planchas onduladas, o una moda pre-Matrix repleta de colores neones y el pelo de punta con gel efecto húmedo.

Pantallazo de "Tamagotchi" - Daze (1997)
Pantallazo de “Tamagotchi” – Daze (1997)
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Britney Spears por Jill Greenberg (2000)
Esto no fue exclusivo de EEUU, hasta España pudo ver la gloria del Y2K incluso con discazos como este de Camela "Amor.com"
Esto no fue exclusivo de EEUU, hasta España pudo ver la gloria del Y2K incluso con discazos como este de Camela “Amor.com”
O con anuncios de la nueva lejía potente para conseguir ese look blanco nuclear - Neutrex Futura (2001)
O con anuncios de la nueva lejía potente para conseguir ese look blanco nuclear – Neutrex Futura (2001)

¿Qué es del Y2K hoy?

En torno al propio 2000 y sobre todo en 2001 estalló la burbuja de las empresas punto com, una burbuja especulativa que quizá en España no se habla tanto pero que en el joven Silicon Valley de entonces marcó una sacudida muy importante, con el cierre de empresas que habían subido como la espuma.

El broche final llegó entre aquel 11-S de 2001 y la bajona del optimismo sobre lo cibernético, que no levantaría cabeza aproximadamente hasta el 2005, coincidiendo con el primer congreso sobre Web 2.0

Sin embargo no fue una simple moda que vino y se olvidó para siempre. Y2K es el momento en que las ciberutopías, utopías que sitúan las nuevas tecnologías digitales como palancas vitales para ya no el progreso sino una aceleración “inevitable” para la Humanidad, y el determinismo tecnológico comienzan a tomar una gran popularidad y a calar en nuestra cultura, en nuestras mentalidades.

En 1999 se publicó, por ejemplo, “La Era de las Máquinas Espirituales”, libro influyente escrito por uno de los futuristas gurú más “mainstream” por excelencia, Ray Kurzweil (actual director de ingeniería en Google).

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También estas estéticas, que en parte se sustentan en la cultura futurista de los años 60 (esos Pierre Cardin y Paco Rabane, o ese “2001: Odisea en el Espacio” de Kubrik serían sólo unos ejemplos), así como en bastantes ideales del Transhumanismo, siguen manteniéndose hoy en día, con no tantos cambios como podría aspirarse con el aceleracionismo, en keynotes y presentaciones de los futuros corporativos o los “flat-pack futures” de Scott Smith.

Hablo, sí, tanto de los diseños próximos dispositivos, de anuncios donde se muestra la vida feliz del consumidor del futuro de “introduzca aquí la innovación de turno de la corporación del momento” así como de las proyecciones de Smart Cities que parecen sacadas de ReBoot en muchas ocasiones.

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Quizá el caso más alucinante de cómo ha repercutido sea el “revolucionario” smartphone Aló, que se presentó en el pasado CES 2017 (uno de los grandes eventos de tecnología comercial de referencia mundial). Los diseñadores diseñaron este smartphone… entre 1995 y 1996. Esta propuesta trata de responder al momento en el que las interfaces serán sólo de voz gracias a las IAs; es decir, sin pantallas.

Aló, un smartphone presentado en el CES 2017 (con copyright 1996-2017, como son las cosas) que plantea cómo serán los dispositivos en mundo de interfaces sólo por voz e IAs
Aló, sin teclado ni botones, translúcido y transparente, ultra ergonómico. De Jerome Olivet y Phillip Starck

Por otro lado, en algunas “subculturas” de Internet revisionistas como, por excelencia lo es el Vaporwave, o simplemente la nostalgia patente de nuestra posmodernidad han acelerado los procesos de “vintagismo” hasta hacer de lo Y2K la nueva nostalgia. Marcas juveniles como Dolls Kill, sobre todo de EEUU, están plagadas de esta moda. Desde hace un par de años, valga decirse también, las grandes pasarelas están abandonando también la nostalgia y cambiándolas por un futurismo que toma su punto de partida ahí donde se quedó parado, después de una crisis muy distópica, muy retro y retrofuturista.

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DTC 355 – Henry Buehler Obra de estilo Vaporwave
Última colección presentada por DollsKill (febrero 2017)

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Nasty Gal, febrero 2017. Extractos de presentación vía mail de nueva colección “Party like it’s Y2K. Tech yourself out. History repeats itself. Dress accordingly”

 

Ejemplo un poco aleatorio y reciente: Propuestas de baño de TCN en la reciente pasarela 080 BCN 2017
Ejemplo un poco aleatorio y reciente: Propuestas de baño de TCN en la reciente pasarela 080 BCN 2017

*Aun recordaremos aquellas discusiones en los noticiarios sensacionalistas que enfrentaban historiadores, matemáticos y gente en general para discutir si al final era el 2000 o el 2001 el año que marcaba el inicio de milenio. Aquí respetamos el feeling cultural, y que el siglo I d.C. comenzó en el año 0.

 

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Cuando inventamos el futuro [Breve Historia del futuro]

“The future is not some place we are going, but one we are creating. The paths are not to be found, but made. And the activity of making them changes both the maker and the destination.” – J. H. Schaar, politólogo

Aquí trataremos en adelante de la visión del futuro a partir de los años 70, y sobre todo en la actualidad. Por este motivo, es bueno tratar por encima un poco de teoría sobre historia del futuro, algo así como hacer arqueología para entender cómo hemos llegado hasta aquí, por qué entendemos el futuro de las maneras que las entendemos. No me detendré con extensión en este recorrido, en la pestaña recursos verás que he dispuesto algo de bibliografía y webgrafía donde la historia del futuro se amplía.

Para hacer arqueología del futuro primero de todo debemos entender qué queremos decir cuando hablamos de futuro. Es una palabra cargada de bastantes significados, puesto que en el porvenir proyectamos deseos, incluyendo el de la predicción de los sucesos, temores y voluntades.

Entendemos que es innato en el ser humano el deseo de anticiparse al futuro: los oráculos de la Antigua Grecia, los augurios romanos, la astrología sumeria y china, los nilómetros egipcios buscando predecir el nivel de crecida del río anual… Todos estos ejemplos se nos presentan como muestras de la voluntad del ser humano de controlar de algún modo su sino.

Ahora bien, existe una diferencia en la manera en la que cada cultura entiende el futuro. Un indicador interesante sobre la visión de éste está en el lenguaje, sobre todo en los verbos. Algunos idiomas como el castellano contemplan tiempos verbales para el futuro variado: tenemos el futuro simple, el futuro compuesto o perfecto e incluso del subjuntivo.

Otros idiomas tienen formas más simples del futuro, como el inglés que deben componerlo (p.e. I will do) y no tiene per se un futuro verbal propio, o el antiguo egipcio. E incluso algunos idiomas precolombinos carecen de tiempos verbales, o la concepción del tiempo es radicalmente distinta a la nuestra (europeos).

Pues, nuestra concepción del futuro tal cual la entendemos es prácticamente exclusiva de las sociedades modernas y contemporáneas, y está enraizada con el ideal moderno del progreso.

Cuando comenzó la Modernidad allá 500 años atrás, quedó implícito que el humano podía ser la medida de todas las cosas (surge lo que conocemos como antropocentrismo, en contraposición al teocentrismo imperante en Europa hasta los siglos XV-XVIII), y que el avance del conocimiento y el uso de la lógica (luego en forma de las ciencias y las tecnologías) eran vitales para cumplir con la propia evolución del potencial de las sociedades humanas. Es por entonces que nacieron las utopías.

Historia breve del futuro

Para hablar del futuro debemos hablar de utopías. La utopía se entiende en parte como un género literario de carácter filosófico y/o político, pero también como una construcción simbólica y cultural donde se vierten deseos y expectativas sobre la ordenación social y política idónea de una sociedad, en forma de espacios geográficos imaginarios (normalmente ciudades o estados).

Thomas More y su libro Utopía (1516) inauguraron en cierto modo este ejercicio, que fue seguido durante los siglos venideros por otros pensadores y eruditos como Tommaso Campanella o Francis Bacon, y satirizado por autores como William Dafoe poco más tarde.

Mapa/interpretación de Utopía por Abraham Ortelius (1595). Vía Wikimedia.org
Mapa/interpretación de Utopía por Abraham Ortelius (1595). Vía Wikimedia.org

Hacia el siglo XVIII  las utopías fueron canalizándose hacia los ideales de una cultura tecnocientífica incipiente (entre las clases más bienestantes) y hacia la primera mitad del siglo XIX algunos pensadores llegaron de algún modo a la hipotesis que del mismo modo que podían ser ideadas, potencialmente podían y debían ser puestas a prueba, experimentadas en la realidad.

Fue la época de las utopías arquitectónicas u organizativas puestas a prueba en lugares como las colonias industriales (siguiendo modelos afines a las ideas de pensadores y políticos como Robert Owen o Henri de Saint-Simon), de la emergencia del socialismo utópico, y sobre todo de la aparición de esos experimentos comunitarios: los falansterios puestos a prueba de C. Fourier en Francia y EEUU, o las comunidades norteamericanas de Étienne Cabet, por ejemplo.

New Harmony de R. Owen, plasmado por F. Bate (1838)
New Harmony de R. Owen, plasmado por F. Bate (1838)

Estos últimos experimentos no tuvieron aparente éxito (los falansterios por ejemplo no llegaban a superar los dos años de existencia). Pero de algún modo se entendía que los esfuerzos políticos podían canalizarse para conseguir ideales futuros mejores. No hace falta mirar tanto a estas tendencias alternativas decimonónicas: la emergencia de la política moderna (esa que nos hicieron estudiar cuando los modelos democráticos modernos se constituyeron allá el siglo XVIII) se basó en canalizar, al fin y al cabo, propuestas y métodos de prosperidad para las sociedades.

En fin, lo importante aquí es que la utopía se movió del no-lugar simbólico al espacio temporal que aun no existía, pero potencialmente sí: el futuro. Es a partir de la Segunda Revolución Industrial que emergen imágenes y relatos sobre el futuro; el género de la especulación científica o ciencia-ficción nace, con raíces profundas en la literatura europea previa, y también se consolidan las ciencias estadísticas dirigidas al pronóstico y predicción, las revistas científicas son una pequeña moda y se rellenan de predicciones en el campo de la demografía, la tecnología y la técnica, la medicina o las ciudades.

Es a partir de esta época (sobre todo finales del XIX y principios del XX) que los grandes ideales del futuro: ciudades repletas de rascacioles y automóviles voladores o más veloces, máquinas de telecomunicación con videoconferencia, viajes y colonización del espacio, robots sirvientes en la guerra, las fábricas y las casas… Cosas de las que hoy siguen llenando contenidos en los diarios y marcando direcciones en las agendas de las grandes tecnológicas.

El resto de la historia del futuro hasta después de los años 50 no tuvo muchas novedades a destacar, en tanto que el género distópico también apareció en el siglo XIX así como la crítica a las bondades futuristas de la tecnología (W. Morris, A. Robida, H. G. Wells), o el temor al apocalipsis venido de las máquinas o un mal uso de la ciencia también (con raíces en el luditismo, en cierto modo M. Shelley estaría ahí).

Acabada la Segunda Guerra Mundial y dado el estado de las diversas economías globales, se consolidan la economía del consumo y la cultura de los mass media (la televisión, cine y radio) como total normalidad, y sistema. Es a partir de aquí que  se multiplica el recurso futurista en la publicidad, como forma de posicionar una marca de electrodomésticos o de telecomunicaciones como estratégicamente muy avanzada (hoy diríamos innovadora).

Mientras, el género de la ciencia-ficción pasaba de su Edad de Oro (esa marcada por Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, entre muchos otros grandes) a la Nueva Ola, marcada por una mayor experimentación en el estilo, un mayor tinte crítico puesto en la sociedad y en el futuro, mayor relativismo o incluso llegando hacia el nihilismo, protagonizado por grandes como Ursula K. Le Guin, Frank Herbert, J. G. Ballard o Philip K. Dick.

Y es a partir de los años 70 que aparecen nuevas rupturas en la concepción del futuro, pero de eso hablaremos otro día.